Celta de Vigo.

Ignóralos, es fácil

Opinión - Tribuna Libre

A veces la gente peca en exceso de cierta buena intención, mezclada con ingenuidad, o simple distancia, que les lleva a creer que, en términos generales, los periodistas son personas con competencias, conocimiento y profesionalidad suficientes para resumir para otros cuál es la realidad que tienen delante, o simplemente contársela.

Existen periodistas deportivos excepcionales, con una capacidad, integridad, y calidad en el desempeño que ofrecen, que dota a su trabajo de todo lo que uno puede esperar de esta función profesional. Periodistas en el pleno sentido de la palabra. Pero no son precisamente la mayoría.

Lejos de ser -necesariamente- personas excepcionales con cualidades adecuadas para realizar una labor tan importante, el periodismo -aquí deportivo- se ha convertido en muchos casos en un oficio social, la proyección de un relaciones públicas equipado con un altavoz. Se es periodista porque se conoce gente, para conocer gente, o para que la gente les conozca. Periodistas con la misma intención -y competencia profesional- que una dieciochoañera que sueña con ser camarera en el bar de copas de moda para que todos luego la conozcan, y la observen diciendo: «ahí va». [ leer + ]

 

Siempre me han llamado la atención las quejas por intrusismo, o por los despidos masivos en el sector, puestos en relación con la calidad de la información. Lo primero, porque si quitas a aquéllos que nunca estudiaron periodismo, los que nunca tuvieron intención de ejercerlo, los que ganaron la plaza tomando algo y no en un proceso de selección, o los que jamás han mostrado la cualificación necesaria para llevar a cabo las actividades concretas que desenvuelven día a día, muchos de los que se quejan en voz alta -o en voz baja- tendrían que cambiar de profesión. Quejarse de intrusismo es lógico, incluso coherente; pero en un sector que se ha convertido en la casa de todos, incluso en la de muchos de los que se quejan, resulta cuanto menos paradójico.

Nadie en su sano juicio se alegraría de los despidos masivos en los medios. Ni siquiera desde una injustificable inconsciencia. Pero gente de esa, de la que vale de verdad, con capacitación y vocación, ha tenido que buscarse las habas -incluso fuera- por no tener trabajo, mientras gente sin las competencias necesarias para hacer cosas tan elementales como hablar ante un micrófono, o escribir una crónica, ocupa puestos para los cuales no está preparada; en los cuales no es capaz de hacer/ofrecer un trabajo de calidad. Y se les nota. Se nota cuando lees un artículo saturado de faltas sintácticas, se les nota cuando les escuchas y te das cuenta de sus limitaciones léxicas, se les nota cuando dicen lo mismo y no saben hacerlo de otra manera; se les nota -y mucho- cuando los escuchas hablar en cualquier acto y te das cuenta de que ni siquiera saben un poco de casi nada; incluyendo un nivel cultural paupérrimo, o un conocimiento de la realidad de nuestro entorno verdaderamente infantil. De ahí la perplejidad de los que ven la situación desde fuera, cuando se dice que se está perdiendo calidad en la información, cuando, en realidad, la calidad ya se resentía antes, y nadie decía nada. No era noticia.

Creo honestamente que a veces la gente debería bajar a la tierra el concepto que tienen de quien es periodista el hoy en día, y, especialmente, en el mundo del deporte español. Porque hay no pocos periodistas cuyo pueril momento de gloria llega precisamente cuando un jugador de tal o cual equipo les saluda por la calle, cuando en directo hacen un chiste de sus correrías, cuando otro los utiliza para hacer un recado, cuando alguien los reconoce por ser ese que trabaja en tal medio, el que a veces habla con aquel jugador; o cuando presumen de haberse enterado de si fulanito o zutanito le puso los cuernos a su mujer. (…) Gente que fuera de su redacción, estudio, o plató, ejerce de ex concursantes de gran hermano, en busca de una propia popularidad tan limitada cono zafia. Como si en realidad el personaje importante de sus crónicas o retransmisiones fuesen ellos. Una versión cutre de esa dieciochoañera ejecutada a perpetuidad.

No son todos, evidentemente, pero a veces los tomáis/los toman demasiado en serio. Y, lejos de suponer una acción de justicia social, protestar acaba siendo otro grano de engorde más en su ego: son importantes, dicen algo, y la gente bulle una semana sólo por sus palabras. Cual papa de las ondas o el papel.

Y sí, hay profesionales brillantes, pero en el mundo también hay otros que dictan una crónica leyendo un periódico en el bar, gente que hace conexiones por teléfono sin estar siquiera en el estadio, gente que presume de que ni hace nada ni tiene intención de hacerlo más que parlotear un poco en tal o cual programa porque está de resaca o ha quedado esa noche, gente que escribe artículos fusilando lo que encuentra en google, gente que critica declaraciones que jamás escuchó, gente que interviene en una conversación chateando con el móvil en vez de mirar el partido del que hablan, y gente que ejerce de forofo privilegiado en vez de profesional que está recibiendo una remuneración.

En general, ¿de verdad esperáis que determinados perfiles ejerzan su trabajo con profesionalidad? Que indaguen, analicen, comparen, determinen, rectifiquen. Que intenten ofrecer una visión -difusión- pretendidamente objetiva de la realidad. ¿Creéis que van a hacerlo? ¿Qué les preocupa?

¿Qué le puede preocupar? ¿Quién valora la calidad de su desempeño? ¿La valora alguien? Más de uno ahora diría que, precisamente, en la medición de actividad en redes sociales, cada vez que algo no os/nos gusta aún salen reforzados.

Que hablen mal de ti, pero que hablen. Precisamente, al igual que “los famosos”.

Luego en concreto, en las secciones locales de medios estatales siempre podréis encontrar a gente que intenta demostrar que es buena en su trabajo, y lo consigue; y gente que únicamente intenta demostrar que es “uno de ellos”, para que algún día lo lleven a “allí”. Voceros capaces de criticar una determinada postura y el fin de semana reírsela al jefe ante cientos de miles o millones de personas. (Y sí, se nota). Al igual que el ex concursante de Gran Hermano busca desesperadamente ser tertuliano. Diciendo lo que hay que decir.

Me gusta ese noble espíritu que pretende cambiar el mundo. Que los medios sean justos, que digan lo que hay, que no ejerzan como meros aficionados. Que sean periodistas de verdad.

Yo, con los años, me he hecho mucho más pragmático. Si una cadena no me gusta, cambio. Si no me parece bien lo que hacen en un programa, o me parece ridículo, cambio. Y si un periódico no informa de mi equipo como creo que debe informar, no lo compro. Aceptar un producto que no te gusta teniendo otras opciones resulta un tanto masoquista. Y engordar su ego, o sus bolsillos, no es precisamente coherente.

Otras cadenas. Otros canales. Otra prensa. Twitter. Webs. Delcelta.com

Ignóralos. Es fácil.

Vito

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