Celta de Vigo.

Historia de dos ciudades

Opinión - Tribuna Libre

Hubo un tiempo, no tan lejano, en cual el Deportivo de A Coruña era un equipo clásico de Segunda División, que vivía intentando no bajar a Segunda B; mientras que otro equipo gallego, el Celta de Vigo, era un vulgar equipo ascensor que ascendía a Primera para descender inmediatamente con más pena que otra cosa. De vez en cuando ambos clubes se cruzaban en el camino, jugando sus partidos con una normal e intensa rivalidad, para luego continuar su digno -pero intrascendente- vagar por el mundo del fútbol.

Cuando aparecieron juntos la Ley Bosman y los grandes contratos televisivos, tanto Deportivo como Celta cambiaron su historia. Y derbis pasaron a poder dirimir el liderato de la liga, posibilidades de Champions League, o, en el caso del equipo de A Coruña, incluso sumar para concretar la posibilidad de acabar ganando títulos.

Fue una época grandiosa y opulenta en la que los medios y las posibilidades sobraban a cada instante. Como si una pequeña ventana se hubiese abierto reclamando a ambos para cambiar su gris destino, y aspirar a algo más que el orgullo del superviviente.

En medio de todo eso, ambos clubes optaron por hacerse daño. El Deportivo se inmiscuía en cualquier negociación que hiciese el Celta, provocando que en el interior de las oficinas celestes existiese en privado el chascarrillo de que el Secretario Técnico trabajaba para el Deportivo señalando buena parte de sus fichajes, gastando mucho dinero incluso en jugadores que no le hacían falta; mientras que el Celta quemaba sus naves en infantiles vendetas que no tenían sentido, intentando hacer daño sin ser en su caso siquiera capaz de hacerlo. Daba igual, el dinero corría. [ + ]

 


Ahí las dos aficiones, al unísono, decidieron voluntariamente incrementar el nivel de odio irracional y agresividad hacia el otro. Como dos paletos a los que les toca la lotería e intentan parecer el que “más” ha salido hacia arriba. Para ello, primero, ambas decidieron olvidar: en Vigo, olvidaron que fue Lendoiro el primero que habló públicamente, y uno de los que hizo presión, a favor del Celta en aquella dantesca y casi trágica “crisis de los avales”; pasando a zarandear, golpear violentamente, y tirar cosas a su coche cuando se acercaba a Balaídos; mientras en A Coruña decidieron olvidar que, cuando -brillantemente- ganaron un título de liga, aunque hubiesen perdido la última jornada, el torneo ya era suyo porque hubo un equipo que salió a ganar alineando incluso a sus jugadores tocados, llegando a hacer un 0-2 a un todopoderoso Barça que se jugaba la Liga en un Camp Nou atestado, y aguantando luego el empate hasta el final como gato panza arriba.

Siempre es más cómodo no pensar que ser coherentes.

Por el medio, ambos clubes, con dos presidentes populistas -propios de otro tiempo- que utilizaban la provocación al otro como medio de enaltecer a las masas, y obtener así fácil (muy fácil…) su cariño y admiración, fueron incrementando su patrimonio personal a la vez que sus clubes entraban en el precipicio.

Por supuesto, las aficiones estaban demasiado entretenidas tirando piedras, escupitajos, insultos, rompiendo algo, o intentando hacerse daño por cualquier vía posible. De hecho, resulta cuanto menos curioso que siguieran haciéndolo sin pensar que, al final, el enemigo, el de verdad, estaba fuera. Porque los medios de comunicación que el año de la Liga del Depor hablaban bastante más de un equipo de Madrid que estaba en Segunda, eran los mismos que despreciaban al Celta diciendo que era un equipo “okupa” en Champions League. Porque, en el fondo, el desprecio que había por ellos, por ambos, era el que se siente cuando se te suben a las barbas personas/ciudades/clubes que antes despreciabas. Porque el árbitro que perjudicaba al Celta en el Bernabéu no era muy diferente al que perjudicaba al Depor cuando jugaba con el Barça. Porque ambos eran mucho más parecidos de lo que siempre les gustó reconocer.

La estupidez reinante en ambas aficiones generó durante años un sinfín de incidentes, problemas y situaciones vergonzosas de todo tipo. Pero no es de extrañar. La afición del Deportivo no tuvo la grandeza que sí tuvieron sus trofeos, y careció de cierta magnanimidad que un grande tiene cuando está arriba, sabiendo administrar su momento, proponiendo otra manera de hacer las cosas. Abandonando ese catetismo reductor propio de Villaarriba y Villaabajo. Ese que le llevó a que, el año en que quedaron entre los cuatro mejores equipos de europa, lo más celebrado en la ciudad fuese el descenso de un equipo que nunca había ganado nada.

La afición del Celta acumuló un complejo de inferioridad galopante que le llevó a despreciar -e incluso abandonar- a los suyos; a los mismos que luego, convulsa y torpemente, defendía en cualquier derbi. Los mismos a los que insultaba en cuanto se perdían dos partidos seguidos. Permanecer esa esencia cateta de Villaabajo mirando hacia el suelo. Perdiendo la humildad en cuanto se daba un paso, aunque jamás se hubiese ganado nada; volviendo a verse/sentirse inferiores a cualquier equipo ya olvidado quince minutos después. La misma afición que, dos días antes de clasificarse para la Champions League, creía en un 78% que el Celta jamás-en-su-historia conseguiría clasificarse. La que veía superiores a equipos que luego descendían mientras en Vigo se jugaba en Europa. Un complejo -y una actitud- desgraciadamente muy habituales, muy de otra época. Y, sobre todo, muy infantil.

Lo más esperpéntico de todo ha sido presenciar el absurdo y pueril mutuo cruce de acusaciones al tachando al otro de estar obsesionado con su equipo. Eso, después de miles de páginas de foro, o miles e intervenciones en las opiniones de las noticias ajenas. Porque las hay por ambas partes. Porque cualquier ejemplo es fácilmente contrarrestable con otro análogo o incluso superior. ¿No es cuanto menos simpático, y ridículo, que ambas aficiones se quejen de que el otro está obsesionado con ellos después de cánticos, pancartas, párrafos y párrafos, posts y posts, dedicados al vecino?

Mucha culpa de todo lo que ha ocurrido la han tenido los dirigentes de ambos clubes, y sus jugadores, que, en demasiadas ocasiones, han utilizado ese sentimiento a flor de piel, fácilmente canjeable por cariño, o incluso idolatrías, para su propio beneficio; dejando detrás un reguero de provocaciones, actitudes imprudentes, o verdaderas estupideces dichas/hechas sin un mínimo de sensatez. ¡Qué fácil es obtener el beneplácito de la afición del Depor y Celta, o Celta y Depor! Es incluso demasiado barato. (…). Ridículo en un mundo en el cual todos han soñado “desde pequeñitos” con jugar allí, para luego salir despavoridos por la posibilidad de salir en una fotografía más grande en el Marca.

En consecuencia, tenemos dos aficiones que, al llegar el Derbi, lejos de vivirlo con intensidad, pasión, rivalidad, atrevimiento, sí… mucha intensidad, incluso con el roce propio de un momento así; lejos de limitarse a eso, y disfrutar, sienten una irremediable tendencia a comportarse como borregos, desgallitándose con cualquier insulto sin ingenio hasta mostrar sus entrañas con la boca abierta frente al otro; como si la única alternativa de expresión diferente a esa hubiese sido tirar piedras, escupir, hacer cortes de manga, insultar aún más, ofrecer golpes, o destrozar algún tipo de mobiliario.

Al final, fruto de la estupidez reinante, hemos obtenido algunas generaciones de jóvenes (algunos muy jóvenes) vigueses y coruñeses que sienten un odio irracional y visceral hacia el rival desde muy pronto, creen que lo normal en sus respectivos clubes es estar arriba, o en Europa, o en Primera, que esa agresividad es normal y obligatoria, que el otro es un salvaje al que hay que apedrear (sic), y que los derbis son “eso”. Reaccionar ante el rival con un desprecio atroz, y un odio exacerbado, propio de conflictos de otra índole. Quizá por eso romper algo, insultar a una vecina, amenazar a un aficionado contrario, hablar de “Ellos” como seres despreciables, decir “hijos de p...” con un tono propio del que le levantan una uña, o comportarse como animales, forma parte de la fiesta.

¿No es humillante, y denigrante, que la policía te tenga que llevar por una ciudad al igual que un pastor lleva a sus ovejas, a las vacas, o a los cerdos? ¿Qué orgullo hay en eso? ¿De qué se presume realmente?

En medio, ambos clubes continuaron su guerra particular, su apoyo a determinadas actitudes y confrontamientos, su utilización del otro para ocultar problemas internos, la vanaglorización de cualquier gesto que pudiese hacer daño al vecino, su nula intención de cortar ciertas espirales de violencia para no perder determinados aprecios, y su hacerse la puñeta por debajo -o encima- de la mesa una de vez en cuando; una situación institucional solamente desinflada -aparentemente- por el cataclismo que supuso el descenso y desierto del Celta, y, en mayor parte, por el talante de Carlos Mouriño.

Dos equipos que le han aguantado las mismas actitudes a la prensa de Madrid. A los que les quitan jugadores de la cantera los mismos clubes. Que luchan con el mismo comité de competición. Que padecen la misma organización de la liga. A los que intentan torear o utilizar los mismos agentes de jugadores y/o entrenadores. Que aguantan el mismo tipo de arbitrajes ante determinados clubes. Que se ilusionan al ver al equipo de su ciudad llegar, y ganar, o poder participar en determinados momentos. Dos equipos que nunca habían tenido antes la oportunidad de verse ahí.

Hace ya unos cuantos años, cuando colaboraba activamente en la web de Delcelta.com, escribí un artículo titulado “Aupa Depor”. Soy vigués, celtista, y gallego, y no tengo nada en contra del Deportivo de A Coruña. Ojalá vuelvan pronto a Primera. Ese club y el mío son gallegos, y tengo muchas muchas en común con sus aficionados. Si un día les hace falta, no me importaría que mi equipo les ayudase. Los que me irritan están de “Os Ancares” hacia el otro lado. Pero, después de publicarlo, la tormenta fue automática.

Por un lado estaban los que me veían como un traidor a la patria. Otros pensaban que era un artículo absurdo escrito por algún tipo de ¿protagonismo?. Pero, sinceramente, cuando a la mañana siguiente del derbi este Marzo en A Coruña vi a jóvenes deportivistas llegando a Vigo, a sus casas, con la camiseta del Depor, no me sentí ofendido. De hecho, me gustó la tranquilidad con visos de normalidad que había alrededor. Algún día me gustaría llevar a mi hija a ver un partido a Riazor. Es más, nunca he entendido por qué, choques balonpédicos al margen, y todas las bromas o discusiones imaginables, antes de esos partidos las peñas de ambos equipos no organizan una buena churrascada. Comida, bebida, música, y un bingo antes de entrar al estadio a defender cada uno lo suyo. Que la paguen Coren, Gadis, o quien sea. Esa sí sería una propuesta coherente.

Unos días después de publicarlo recibí en la cuenta de correo que usaba entonces un mensaje de alguien del equipo que confeccionaba Riazor.org. Me decía que, aunque con algunas discrepancias, estaba de acuerdo en lo que había escrito, en lo ilógico de las actitudes que había en medio de dos equipos gallegos, pero que era imposible que pudiese publicar algo así allí, la gente no lo entendería. Fue un correo muy amable. No tanto como un artículo publicado por otra persona en esa misma web sólo unos días después, hablando del Depor y el Celta como si nuestro equipo fuese el “hermano tonto”, o menos capaz, con el que hay que cargar porque es de la familia aunque en el fondo sea un lastre. Un artículo totalmente lamentable desde muchos puntos de vista.

En este punto se podría decir mucho sobre la prensa de ambos lugares/equipos. De la enorme responsabilidad que tienen en todo esto. Ocultando las miserias y atrocidades de su propia afición, bajo una actitud propia de “sí, son unos cabrones, pero son nuestros cabrones”. Al igual que ocultaron los determinantes desmanes de sus directivas; y la realidad de sus clubes/equipos. Utilizando a ambos colectivos al igual que sus presidentes; poniendo la zanahoria con cualquier artículo, fotografía, o declaración manipulada. Conscientes de que el conflicto no sólo vende, sino que, además, crea personajes. Todo ello con la connivencia de los clubes. Sin un ápice de intención de rebajar el clima vivido. O tener una orientación más estratégica para el futuro de ambas instituciones. Manipulando lo que hubiera que manipular. Exaltando a las masas otra vez. Permitiendo que lo que una estudiante pueda escribir de manera torpe, infantil y desnortada, o lo que un jugador sin dos dedos de frente pueda aportar, sea la verdad absoluta de cada afición. Lo que le ofrecían a la otra.

Pues bien, todo ha acabado. Fin.

Tanto para los que iban a dar una exhibición de fútbol de salón en Primera, como para los que iban a jugar el último partido ya sólo con canteranos.

El Deportivo de A Coruña y el Celta de Vigo vuelven a ser lo que fueron hace mucho tiempo. Lo que (ay!) pudieron haber dejado de ser.

Y no por la relación que han mantenido entre ambos, sino por la estupidez que ha habido detrás.

Por eso para ambos este debería ser un momento de alegría, de una alegría estúpida y orgullosa. Miserable. El orgullo de las oportunidades perdidas. De lo que era importante y útil, y de lo que no. De la ventana que se cerró.

Ahora Depor y Celta han vuelto a casa.

Víto


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