Celta de Vigo.

Celtismo

Opinión - Que grande é o Celta



Al final, sólo quedará una ciénaga húmeda de restos y escollos divididos entre lo que fue y lo que pudo ser. Ni siquiera las discusiones encontrarán un eco que resuene en las paredes de un estadio abandonado, porque, no nos engañemos: son sólo hormigón, y viejo; si desaparece el Celta, lo que el Celta es, el resultado es desolador y solitario: una ruina. Sí, una ruina de equipo. [+] 


 Ni siquiera merece la pena elaborar un inventario de culpas y equivocaciones. Y mucho menos de quienes cavaron una trinchera y declararon el estado de excepción alrededor. Ya ni siquiera hay guerras, incendios o confrontaciones. Todo está claro, hemos llegado al reino de la verdad absoluta, y ya apenas se discrepa. No porque no haya temas sobre los que confrontar, sino porque carece de objeto. ¿Para qué? Más allá de eso, lo único que hay, son -precisamente- los restos.


El Celta no existe. Murió en un revolucionado, involutivo, feroz e infantil intento de suicidio. Ni siquiera importan las causas, y mucho menos las soluciones a corto plazo. No resultarán trascendentes. Ni aunque auparan al equipo media docena de puestos la realidad sería diferente, porque la realidad de un club, al contrario de lo que muchos piensan, no es la de su clasificación. La clasificación a largo plazo es consecuencia, no causa.


No hay afición, no interesa a casi nadie, y lo que es peor: no hay una idea común o colectiva, conocida o subyacente, de lo que representa el club. No hay un proyecto de club como tal ejercido por el celtista de a pie. No hay nada por lo que luchar. Y en ausencia de estandarte o bandera, el celtista, si es que existía verdaderamente como tal, ha decidido desertar.


¿Qué es el Celtismo? ¿Qué es el Celta? ¿Cuáles son los auténticos valores que lo definen? ¿Qué llenaba el vacío que ha dejado esta degradación? ¿Cuáles son sus objetivos? ¿Qué forma ese cuerpo que ha de aguantar sol o tormentas? ¿Cuáles son sus principios básicos irrenunciables? No hay. Sólo escollos de dudas, conjeturas, y luchas internas donde lo importante nunca fue el club sino la posición propia, en el palco, en la grada, o en la prensa.


¿A dónde llega un jugador que ficha por el Celta en Agosto? ¿Con qué lo reciben? ¿Qué le puede aportar como deportista o como persona el club? ¿Cuál es el poso común que late en la ciudad y que se define entre proyecto administrativo, fenómeno social, objeto periodístico, y ensoñación romántica? Todos esos presuntos valores, más bien ideas individuales, perecieron por inanición, decidieron evaporarse. El Celtismo no existe. Ahora es sólo un mecanismo ramplón en el cual de un mes a otro se puede pasar del cielo al suelo, o viceversa, cuando, en el fondo, la realidad es la misma. La de ese hormigón abandonado en una ciénaga entre frustraciones y un sentimiento parecido al dolor -renuncia, renegación- tras ese golpe de la vida que vuelca a un postadolescente sobre la realidad, y le muestra cruelmente la realidad del mundo.


Vigo ya no es la ciudad obrera que apoyaba a su Celta en Segunda, o llenaba con 6.000 personas el pabellón para ver al Celta de Baloncesto Femenino. Ahora es una ciudad de nuevos falsos burgueses, o candidatos a nuevos pijos de extrarradio, para los que ir a apoyar al club a Balaídos es rebajarse a algo. La sociedad viguesa ha cambiado mucho. Y habría que plantearse la lógica o necesidad de un club de fútbol “de élite” si no interesa a nadie más que lo que puede despertar un adocenado equipo de Segunda B.


Evidentemente, no tiene por qué ser así. Puede cambiar. Puede mejorar. Y no porque igual que se hunde en un mes se puede recuperar en dos. Sino porque esa necesidad perentoria de “Deconstruír el Celta” que desde esta columna subrayábamos hace no mucho sigue ahí. Tanto su posibilidad como su beneficio. Hacer club, definir quiénes somos y a dónde vamos, fortalecer una identidad al margen de vaivenes o contingencias. Re-pensar el club a partir de lo que queda. Pero nada de ello servirá si el actual camino de autodestrucción emprendido nos lleva a creer que la realidad del celtismo se mide en una clasificación, y no en su fortaleza. Alguien debería -plantearse la forma de- aglutinar descontentos y perdidos, negacionistas y furiosos suicidas, donde exista una mirada colectiva, ir a Balaídos sea una fiesta, y perder un partido sea un motivo para luchar. El Celta ahora mismo no existe, vegeta, y debería renacer por su propio bien, antes de que alguien comience a plantearse qué sentido tiene insuflar dinero a un muerto que no interesa a nadie.
 

 

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