Celta de Vigo.

La valía del fondo de armario

Opinión - Tribuna Libre

Lo que llegan a doler los goles encajados durante los compases finales de un partido y lo muchísimo que se disfrutan cuando es tu equipo el que los endosa.

Si el Celta no tuvo ayer la magia resolutiva que convierte lo difícil en sencillo no fue porque no lo intentara. Es imposible no ser uno de los grandes estudiados por los rivales cuando tu peligro ofensivo es de los más, si no el que más, relevante de la categoría. Y es imposible no reconocerle el buen trabajo a los rivales cuando se centran en anular a tus focos de juego, llámense Roberto Trashorras, Quique De Lucas, etc… y consiguen “robarte” esa velocidad de ataque que te caracteriza.

Pero si te desdibujan a unos sólo tienes que dibujar a otros y darles entrada. Ayer Paco supo trazar con los cambios a hombres que después se colorearon a gusto sobre el césped. Pero eso lo comentaré un poquito más adelante. [ leer más ]


Nos costó plantarnos en el campo, tuvimos una primera media hora un poco descocada, sobre todo en el círculo central. Muchos titubeos y muy notables en hombres que vienen de hacer una campaña extraordinaria y no acostumbran a enseñar esos problemillas, como es el caso de Cristian Bustos o Álex López. En las áreas y en el centro del campo tuvimos mucho pase errático, tanto en la búsqueda de un compañero al que abrirle el juego como en los despejes para limpiar la zona. Las botas, rodillas y espinillas del rival parecían surgir de la nada.

Trashorras sufrió un marcaje de cerca que le obligó a extra-culebrear por el campo para sacar su juego. De Lucas y David no tuvieron su día dentro del área y era el momento de echar mano de eso que se llama fondo de armario.

El Celta tiene este año un once “definido” que es tremendo, pero los suplentes no son menos resolutivos o menos relevantes futbolísticamente. Del partido de ayer les destacaría encarecidamente:

La entrada de Michu hay que valorarla más allá del gol. Equilibró el centro del campo y lo asentó cuando estaba un poco desvaído, lo que se notó en la generación de las posteriores internadas ofensivas. Fue un jugador físico, ayer sí, revolucionado y certero.

Me sorprendió que Paco sacase a Garai, estaba convencida de que sería Álex quien abandonase el campo pero la jugada nos salió bien. Muy bien.

Pero quiero volver a Michu y ese gol que nos mandó a casa flotando entre nubes y dudando cada tres minutos de si había sido real o imaginaciones celestes.

Ese gol que explotó la olla a presión de Balaídos concediéndonos tres puntos tan importantes y saboreando la extra excitación de lo que supone marcar en los últimos minutos del partido.

Todas las ganas del equipo estaban en esa bota zurda de Michu.

Todas las ganas de las gargantas de Balaídos por soltar esa palabra tan breve pero tan intensa e importante en este deporte: ¡Gol!, estaban en esa bota zurda de Michu.

Todas las ganas de un futbolista que hizo méritos para ser uno de los destacados, entrase ese balón o no, estaban en esa bota zurda de Michu.

Y así las cosas ese balón sólo podía hacer una cosa. Colarse en esa portería y desencadenar la fiesta y la celebración. En las gradas y en el campo.

Un campo en el que nacieron dos piñas celestes. Por un lado, los jugadores que buscaban celebrarlo con el goleador que estaba totalmente fuera de sí a causa de la euforia del momento y, por otro lado, los que tenían más cerca el banquillo y allí dejaron explotar su felicidad. Síntoma de que el trabajo de todos es premio de todos.

Pero Michu no fue la única flor que nació del banquillo. Iago Aspas también se dejó ver haciendo uso de ese chispazo de descargas que le caracteriza. Tiene la capacidad de liarla y si le dan dos segundos para que se lo piense la lía seguro y encuentra ese pase que, cuando el 5 la pega, deja de ser pase y se convierte en asistencia.

Dani ayer no contó con tanto tiempo pero volvió a dejar clara esa capacidad de comerse la banda hasta el fondo, oxigenando las llegadas, y de asociarse (y de qué manera cuando se lo proponen) con Iago Aspas. La sociedad que se monta entre los dos no debería pasar por alto nunca. Cuando hay dos futbolistas que tienen la posibilidad de entenderse como ellos lo hacen o como el tridente titular hace, lo menos que se puede hacer es sacar todo el provecho del mundo de ello.

No es la primera vez, ni será la última, en que los jugadores de refresco inclinen la balanza para abrir camino hacia la victoria. Tenemos un plantel cargado de trabajo, ganas, COMPROMISO… que es lo que hace más “real” ese puesto de ahí arriba. No creo en las dependencias, lo dije varias semanas ya, y me siento muy orgullosa de este equipo que, del primero al último, aportan y suman.

Me siento orgullosa de que todos quieran estar y ninguno se quiera perder el partido del fin de semana. Es cierto que ese reflejo de ganas, motivación y hambre de fútbol se palpa en los jugadores que salen del banquillo pero también de esos otros que están en el once y no lo quieren abandonar ni de broma.

Después del partido del señor Hugo Mallo, me vuelvo a acordar del Roberto Lago de hace dos semanas, o del Álex López del partido contra el Xerez. Habituales en el once que no dudan un segundo en que quieren jugar y ser protagonistas de la película aunque de compañero de reparto les toquen unas incómodas molestias físicas. Y eso también nos hace estar donde estamos.

El Celta no vive de la cúspide de la ola, la que tarde o temprano acaba disolviéndose. El Celta es el remolino que impulsa a que esa ola se forme una y otra vez.

Y los que hacen correr ese remolino, a base de trabajar y trabajar, son los jugadores y todo el plantel que hay detrás. Y la afición... bueno, digamos que nosotros somos los surfistas que disfrutamos del maravilloso oleaje.

Estar ahí arriba no es el sueño, el sueño es tener un equipo que se desvive sobrehumanamente para estar ahí arriba y para seguir estándolo.

 

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